
El miércoles fui a la concentración en Congreso donde se reclamaba por la prórroga de la ley para asistencia a las personas con discapacidades y por una ley que proteja a los deudores de los intereses usurarios que bancos y prestamistas les están cobrando. Los relatos eran extremadamente dramáticos. Las personas deudoras levantaban globos amarillos con la inscripción en marcador negro del porcentaje de interés que le cobran. Al lado las familias y personas con discapacidades, con sus pancartas que esgrimían leyendas como: yo también tengo derechos.
Mientras colgaba mi banderita palestina en una reja de la plaza, que llevo siempre a las marchas, se me acercó un viejo compañero de luchas docentes. Me contó que estaba ahí por solidaridad con las familias endeudadas del barrio Carrillo donde trabajó 17 años. Que le dolía ver que las patotas de los usureros entraban a las casas de los que no pagaban y les rompían todo, televisor, heladera, muebles, todo. Que la policía lo sabía y no hacía nada. Otra amiga de Lanús que me acompañaba, me dijo que los prestamistas le vendían sus carteras de deudores a estas mafias que se cobraban así y que tanto bancos como el gobierno lo sabían. En eso anunciaron un gacebo con una asociación, Movida Ciudad, que asesoraba deudores. Me acerqué y una señora de pelo blanco y rostro muy bello me explicó:
-Somos militantes, feministas, venimos de Ni una menos, asesoramos a las personas deudoras, aunque no somos abogadas.
Me dieron un QR y les agradecí su trabajo. Sentí la satisfacción de saber que hay personas que rompen el aislamiento, se organizan, se solidarizan. Dejé a mis amigas y cuando terminó me fui caminando a tomar el colectivo de regreso. Cuando pasaba por la calle México vi un señor con muletas que dormitaba en el piso con una manta muy delgada. En eso dos policías se le acercaron y lo obligaron a levantarse e irse. Me acerqué y les dije:
-Pero no ven que no tiene casa y usa muletas. ¿Por qué lo molestan?
-Es nuestro trabajo señora. Orden del gobierno de la ciudad.
-Cambien de trabajo-les contesté.
Llegué a la parada donde había una señora mayor que deambulaba entre los colectivos que circulaban por la esquina de México y 9 de julio. Tenían una mirada perdida y giraba su cabeza de un lado a otro como desconcertada. Me acerqué y le pregunté:
– Señora, ¿Qué le pasa?
-Estoy esperando el 28 pero yo no veo y no sé cuál es.
-Bueno, no se preocupe Yo también espero ese colectivo. Cuando venga le aviso.
Se sentó a mi lado. Era pequeña, delgada, de rostro pálido. Estaba vestida muy pobremente con unas chinelas y medias, a pesar del frío, muy poco abrigada. Tenía un gorrito de lana desteñido, sujetado con las viejas invisibles que se usaban hace mucho tiempo por donde se asomaban algunos cabellos blancos, finitos. Llegó el colectivo, subimos. Le costaba mucho estar parada por los movimientos del micro. Al final logramos que alguien le diera el asiento y hablaba, y hablaba en voz alta. Empezó a decir que en este país está todo muy mal y que cada vez estamos peor y que la verdad que los viejos estamos muy mal y yo no sé por qué no hay eutanasia para los viejos como yo de 91 años que ya no tenemos cómo vivir. En eso le dice al colectivero:
-¿Me avisa en Urquiza y caseros, cuando lleguemos en Parque Patricios así me bajo?
Me quedé pensando que le pasaría a esta mujer. Entonces le pregunté:
-Yo le aviso señora, yo voy también para ahí. ¿Hacia dónde va?
– A la casa de gobierno, a ver si me atienden y alguna vez me responden porque me quitaron la casa.
– ¿Cómo que le quitaron la casa?
– Sí y no se las voy a dejar. Sí, vinieron unos señores y dijeron que mi casa se iba a derrumbar Así que que tenía que salir. Salí y me quedé afuera y ahora no tengo casa pero es mi casa. Mi casa, de Pueyrredón y Córdoba.
Yo no salía de mi asombro.
-Pero señora, ¿tiene familia? ¿usted dónde está viviendo ahora?
-No tengo a nadie. Soy sola. Me está alojando una muchacha que tiene muchos problemas pero que me alojó. Pero la camita es muy chiquita. No estoy bien. Ahora quiero ir a la casa de gobierno porque vengo de otra oficina que me dijeron que los que me pueden dar repuestas son los de la Casa de Gobierno. Llevo todo el día dando vueltas de un lado al otro. Así que voy a hacerme escuchar. La casa es mía.
Yo sabía que a las 4 de la tarde en la Casa de Gobierno no solamente no hay nadie, sino que, además, no la iban a escuchar porque de ahí parten esas órdenes de desalojos sin sentencia judicial. El relato era creíble. Se me ocurrió llamarle por teléfono a una amiga que viene luchando contra los desalojos. Ella pertenece a la Coordinadora contra los desalojos en la Ciudad y por el derecho a la vivienda. Me había contado que la policía saca a las familias con la excusa de que las viviendas se van a derrumbar. Un fraude escandaloso, para luego rematarlas a los especuladores inmobiliarios. Me dio la dirección del MOI. Movimiento organizado de Inquilinos, una de las organizaciones de esa coordinadora.
-Señora, ¿tiene celular así le doy el contacto de quienes podrían asesorarla?
-No, no tengo teléfono, no tengo nada. Todas mis cosas quedaron adentro de mi casa, pero es mi casa.
Ultimamente ya no llevamos con qué anotar. Así que, apurada porque ya llegábamos a su destino, tomé una birome que alguien me prestó y en el revés de una pegatina que me había quedado de la marcha contra la ley de extranjerización de tierras el 6 de agosto, anoté la dirección del Moi, Independencia 749. Cuando se lo di me dijo:
-Deme su teléfono porque yo le quiero agradecer cuando pueda-me dijo mirándome a los ojos con una sonrisa esperanzada que esbozó por primera vez, mientras asía el papelito con fuerza.
Bajó en la esquina de la Casa de gobierno y miró desde abajo del colectivo con esos ojos nublados que no ven. Yo seguí en mi colectivo porque todos tenemos prisa. Y pensé: ¿Quién va a ayudar a esta mujer a tomar el próximo colectivo? ¿Quién va ayudarle a recuperar su casa, en esta tremenda crueldad que están viviendo las personas mayores? Me quedó la imagen de esa señora cuyo nombre no retuve. Me bajé ahí donde hay un cartel de propaganda del gobierno de la ciudad de Jorge Macri, el cruel, que reza: La ciudad sin okupas, ahora hay Ley y orden.

Laura Marrone
