Por la ruta del petróleo

Era un proyecto alguna vez soñado. Cruzar los Andes del sur y conocer la costa chilena allí donde los bosques cobijaron la resistencia mapuche frente al Pacifico. Andrea nos ofrecía llevarnos en su auto desde Neuquén a Temuco en Chile y alojarnos en su casita paterna. Hecho, dijimos, y partimos en el corsa con nuestras sillitas plegables y la congeladora en el baúl

GPS mediante todo resultaba fácil y prometedor. No bien entramos a las zonas rurales de la provincia de Buenos Aires los campos verdes de la pampa húmeda nos impactaron por su producción. Extensas propiedades cultivadas en forma intensiva por siembra directa con alta tecnología muestran plantaciones de maiz, girasoles y sojas perfectamente alineadas, sin desperdicio de espacio entre ellas, pujantes  y probablemente regadas de herbicidas tóxicos. No vimos personas labrando la tierra ni ranchitos de paja de las viejas escenas campestres bajo algún algarrobal.  A las modernas máquinas que hacen altamente productivos los campos argentinos solo las vimos en los depósitos a cielo abierto de las compañías de marcas extranjeras a la vera de la ruta en las poblaciones.

 Cuando Reynaldo tomaba el volante y me tocaba mi turno de copilota, amenizaba el recorrido leyendo en el celular las referencias históricas de los pueblos que atravesábamos. Entre la lista de toponimias de santos, generales y nombres de ranqueles, tehuelches y mapuches emergió la historia de la conquista interna a fuerza de remingtons y  cruces. Me atrajo la de la dinastía de los Catriel. Juan “el viejo” que había colaborado con el Coronel Rauch en 1827 y luego con Rosas en el avance de la instalación de los blancos sobre el territorio indio al norte del río Salado durante la década del 30 del siglo XIX. Alguna realidad  despertó, sin embargo, su comprensión del verdadero propósito de los  colonos, lo que lo llevó finalmemte a aliarse con el cacique Calfulcurá y sellar la alianza mapuche-tehuelche que a su muerte en 1848 continuó su hijo Juan “el joven”. Y de ahi, las batallas que ganaron primero y perdieron después hasta la derrota. 

Atravesamos Trenqué Lauquén, nombre en lengua tehuelche que significa Laguna redonda que se encuentra en el lugar en el que construyó esta localidad en 1876. Fue originalmente uno de los  fortines, como Carhué, Guamini o Puán que desde Bahía Blanca hasta el sur de Córdoba ordenó levantar a lo largo de la famosa zanja el ministro de Guerra, Valentín Alsina y el Coronel Villegas. Nombres inmortalizados en calles, puentes y localidades que resuenan como héroes de nuestra historia, cuyas hazañas fueron liderar la expulsión de los pueblos originarios de la provincia de Buenos Aires. A pocos kilómetros el punto llamado La Zanja reflota la olvidada historia de esta construcción de 374 km que el ministro de Avellaneda mandó cavar para impedir que las tribus de la región intentaran recuperar el territorio ya incorporado al naciente estado nacional. Construida a pico y pala, en base a la leva forzosa de los gauchos, como narra la novela Martín Fierro, eran usados por las clases ricas de Buenos Aires para combatir a las comunidades originarias . 

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Pronto dejamos la linea de la zanja y apareció el fantasma de Julio. Roca, militar que a la muerte de Alsina, abandonó su proyecto y ordenó avanzar hasta el río Negro. No habría limites desde entonces, y la llamada Campaña al desierto iria acompañada del genocidio de sus pobladores originarios. Las tierras luego serían repartidas a precio vil a medida que avanzaba la conquista.  Salvador María del Carril, el ex vicepresidente llamado «el erudito»,  por caso, se apropiaría de la friolera 160.000 hectáreas. 

Llegamos a Santa Rosa del Toay, capital de la provincia de La Pampa. En 1892 la  ciudad se fundó sobre  una parte de las 20.000 hectáreas  que el  Coronel Gil recibió por la Ley de premios y la de Remates gracias a su participación en la mencionada campaña en 1882.

 Luego de reparador descanso partimos bien temprano a la mañana siguiente rumbo al desierto propiamente dicho. Entonces el verde fue desapareciendo. La Pampa seca se adueñó del paisaje. Pajonales, malezas y caldenes se extendían sin ĺímites hasta el horizonte, y sin huellas de arados ni cultivos. Pensé en los palestinos que levantan olivares y cultivos sacando sus alimentos en otras tierras más desérticas aun, peleadas a fuerza de sangre y muerte a sus otros invasores y suspiré. 

Otra vez el recuerdo de los militares de nuestro propio genocidio: General Acha, un pequeño poblado que supo ser la primer capital de la provincia lleva el nombre de este general que combatió a los caciques originarios bajo las órdenes del mencionado Federico Rauch, el mismo que condena el grupo musical Arbolito en sus canciones. Acha ayudó a la captura de Dorrego que seria luego fusilado por Lavalle. Vaya honores de su carrera. 

Avanzado el viaje comenzamos a programar nuestro regreso de Chile por la patagomia argentina. Tomamos la ruta nacional 40 por la ladera de la cordillera hasta Mendoza? No se recomienda. Mejor vamos a Puerto Madryn, pasamdo primero por Bariloche. Y así vamos recorriemdo la costa atlántica hasta Bahía Blanca. Y así seguía nuestro divagar por las maravillas patagónicas como la Lecherita del cuento que cargando su cuenco lleno de leche soñaba que su venta la llevaría por sucesivos negocios hasta lograr enriquecerse. Mal presagio la analogía con esta leyenda.

Nos habían advertido que el camino al desierto tenía peligros debido a que su trazado rectilíneo adormecía al conductor por su monotonía. La cantidad de accidentes era escalofriante. “No insista. Si está cansado, pare de manejar un rato». El aviso se reiteraba a lo largo del camino. Comprobamos que a los costados de la ruta  dejaban los autos siniestrados, oxidados por el tiempo, y depredados por lugareños buscavidas, como advertencia a los nuevos visitantes sobre la necesidad de ser cuidadosos en la travesía. Algunos carteles descascarados, sin firmas de organismo oficial alguno, alertaban:  “Peligro, ruta deteriorada”. Cuanto haría de este deterioro? me pregunté.

Entonces abandoné mis lecturas de historia y comencé a reforzar la mirada sobre una ruta llena de pozos y huellas de camiones que desviaban la dirección del auto y obligaban a sujetar el volante con fuerza.  

Dejamos La Pampa y entramos a Río Negro donde una hilera de árboles bordeaba las orillas del rio que le da su nombre y refrescaba la mirada con su verde. Pero los surcos de la ruta no cesaban. Alguien nos había comentado que, con la explotación de Vaca Muerta, el pasaje diario de camiones por la ruta nacional 151 había ascendido a 1.500. Vaca muerta nos devolvía a un presente  que olía a petróleo y depredación de la tierra. En campos yermos se veía las antiguas pequeñas torres que accionaban ritmicamente sus mecanismos de succión del oro negro, los camiones y sus acoplados con la indicación pintada de inflamables de YPF, los cargamentos de caños, de arena traidas de playas lejanas para el fracking, y de un sin fin de mercaderías, cruzaban el camino de una mano y otra. El nueva promesa productiva de Argentina se desplegaba ante nuestros ojos.

Los gigantescos camiones con acoplados rugían como monstruos superiores a nuestro pequeño corsa, el más económico del mercado, mientras camionetas 4×4 nos cruzaban a velocidades que superaban ampliamente lo que los escasos carteles indicaban como limite de velocidad: 110 km por hora. Iban a 160 tal vez? Verdaderos bólidos de hierro, chapa y caucho que desafiaban el viento  Una sensación de estar en medio de una ruleta rusa donde la vida y la muerte se jugaban a cada segundo comenzó a invadirme. El deseo de llegar pronto y liberarnos de la tómbola de la suerte ya a pocos kilómetros de llegar a Neuquén me relajó. 

De repente, los surcos que nos balanceaban como oleaje de mar hicieron indómito nuestro barco y en uno de sus bamboleos, nos inclinó contra  la banquina. Y la mordimos!  La maldita premonición de los caminos nos había tocado. La pequeña línea que separa de la estabilidad y la tromba operó sin piedad.  Perdimos el equilibrio, ví que caíamos en la zanja al costado y que rodábamos no sabía hacia donde. Una nube de polvo nos tapó la visión, ruido de chapas y vidrios rotos, el parabrisa hecho añicos y en pocos segundos el auto quedó derecho y paralizado en un golpe seco. Atiné a mirar a Reynaldo a mi lado y como en un exhalo afirmé: ‘estamos enteros”. Asintió  perplejo. Abri la puerta y salí en medio de piquillines que me pincharon pies y piernas. Miré en frente y vi varios autos y un camión de los inflamables parar en la misma banquina que nos había escupido segundos antes. Sus pasajeros se dirigieron de prisa hacia nosotros: 

-Está viva!- gritaba una joven

-Está bien, señora? Le duele algo? 

-Sí,si, gracias. 

-Tome agua.

-Se me acabó-respondí.

-Que les pasó?,

-Mordimos la banquina.

-Los vimos de frente. Dieron dos vueltas en el aire y luego la nube de polvo. Creímos que estarían muy heridos.

-Es un milagro de dios- exclamó alguien. 

-Creo que de los cinturones de seguridad-alcancé a decir defendiendo mi pensamiento terrenal.

-Traigan agua fresca -gritó alguien .

-Tome.

En tanto varios se acercaron a Reynaldo cuyo lado del auto había quedado más hundido y lo ayudaron a abrir la puerta abollada.

-El señor está bien? Dice que es anticoagulado. Tiene un hematoma en el brazo.  Llamen una ambulancia. 

-Yo soy de Neuquén. La llamo y a la policía.

-Mi señora y yo somos enfermeros de Buenos Aires. Denme paso.

Guantes de latex en mano, sacados como por arte de magia de alguna galera, pervinox y gasas. En segundos Reynaldo quedó atendido y vendado.

-Señora, póngase el sombrero porque el sol le va afectar- me dijo otra cuyo nombre no retuve. 

-Sí, gracias

-Viajo todos los días por esta ruta-afirmó el camionero afligido- y veo accidentes a diario. No sé por qué se viaja tan de prisa.

Acaso nos tocaba el reproche también a nosotros? En tanto la ambulancia, la policía y los bomberos no aparecían.

-Saquen todo lo de valor del auto y los llevamos a Neuquén mientras viene la grúa de su seguro- dijo uno mientras la muchacha joven con acento francés empezaba a depositar nuestro equipaje sobre los churquis.

-Sí, gracias -seguí repitiendo medio atontada.

-No pueden irse y dejar el auto solo. Se lo van a desarmar en minutos -aseguró alguien. 

-Tienen criket? Se podría cambiar la rueda de adelante que está hundida y probar si arranca-aseguró otro

-No tengo -dijo Reynaldo acostumbrado a llamar al service del seguro. 

Sentí un poco de vergüenza por nuestra improvisación como viajeros.

-Yo tengo -dijo el remisero de Neuquén y acercó un Nissan último modelo impecable.

El padre de la pareja de la joven extranjera, se tiró sobre el polvo de greda caliente a despejar la rueda con una improvisada cuchara de una rama gruesa, Colocó su cricket bajo el chasis y procedió a sacar la rueda hundida y cambiarla por la de auxilio. En tanto Reynaldo y yo mirábamos el enjambre de viajeros que nos asistía sin atinar a hacer nada. Yo solo decía: 

-Gracias, gracias, estamos agradecidos.

-Listo!. Funcionó!-dijo el improvisado mecánico. 

– Ahora la de atrás. Tiene enclavados guijarros entre la llanta y el neumático-propuso el remisero.

-Le contestaron de la ambulancia o de la policía? -le pregunté en voz baja al remisero.

-No- respondió

-Habría que desinflarla y arrancarle los guijarros con una pinza.

– Yo tengo un compresor en mi auto- y corrió a buscarlo a su Nissan impecable- Desinflamos y luego inflamos.

El mecánico al paso tomó su pinza de su caja de herramientas  y quitó los guijarros. El compresor, conectado a la bateria del Nissan  completó la obra.

-Ahora arránquelo- dijo uno y otro subió al auto

– Patina! Hay que empujarlo de atrás!

Todos, la chica joven incluso, se sumaron a la proeza.

– Necesita.os una linga y tirarlo desde adelante.

-Yo tengo – dijo nuevamente el del Nissan impecable. Acaso tenia un taller entero en su interior?

Jalaron desde adelante enganchados al.Nissan y el auto salió.

– Funciona! – gritó el chofer voluntarioso y todos festejaron como si fuera el.propio auto.

En eso miré hacia la ruta y ví al enfermero que había terminado su asistencia sanitaria. Se había colocado un chaleco fluorescente y con una baliza en lo alto de su brazo hacía señas a los autos para que bajaran la velocidad. Los guijarros de la banquina, desparramados por el nuestro en el desbarranque, podían producir un nuevo accidente. No podia creerlo. Giraba su cuerpo a un lado y otro alertando a los viajeros de una mano y otra. En tanto el chofer del camión con inflamables había sacado de su cabina un escobillón y, chaleco flúo en el pecho, barría los  guijarros mientras los bólidos de hierro, chapa y caucho cruzaban la 151. Noté que la señora enfermera no estaba. Claro. Se había refugiado en su auto con su bebé de dos meses que había quedado adentro mientraa nos asistieron. Yo seguía perpleja frente a tanto despliegue de solidaridad y Reynaldo, todavia shokeado por el impacto, había devenido en espectador del salvataje.

-Y los bomberos? No tenían que estar aquí ya?- pregunté con un poco de ingenuidad.

-Estamos en Argentina, señora -me dijo el remisero

-Tome agua, señora. El sol le puede hacer mal- me decia la madre del único niño que con sus hermosos ojos negros me miraba anonadado.

–Nosotros  podemos acompañarlos a Neuquén con nuestro auto atrás. Usted puede venr en on nosotros que tenemos aire acondiciondo -ofreció el padre del niño. 

-Yo le decia a mi marido. Son los abuelitos que vimos en la YPF. Son ellos los accidentados.

Glupp. En medio del drama me hizo gracia nuestra situación. Hacía más de media hora que estábamos bajo el sol con una veintena de personas desconocidas ayudándonos.  Había una complicidad implícita entre todos los presentes con nosotros. Tal vez por nuestras cabezas plateadas?

-Tienen alguien que los espere en Neuquén?

-Claro. Mi amiga Andrea. La llamé y viene para aquí. 

– Arranca!- exclamó el mecánico al paso -hasta funciona el aire acomdiciomado! 

En ese momento sentí nauseas y mareos. Atiné a sentarme en el auto y me desvanecí. Lipotimia? Stress? Tal vez me relajé sintiéndonos ya a salvo.

-Traigan agua!

– Póngale este repasador mojado en el cuello 

-Levantale las piernas! 

Escuchaba a lo lejos las voces de nuestro equipo solidario. Luego de algunos segundos me incorporé y repetí otra vez:

-Gracias.

Medio atontada aun, recordé el cuento de Cortázar que había leído en mi juventud: La autopista del sur. En él, el autor y su pareja quedan atascados en un embotellamiento en una autopista al sur de Francia. Nadie sabía que era lo que había detenido el tránsito ni cuándo terminaría el inconveniente. Pasaron los días y los viajeros ya fuera de  sus máquinas comenzaron a presentarse unos a otros, a conocer sus vidas, oficios y personalidades, a compartir los restos de comida y el agua ya escasa. A contarse sus vidas. Una extraña familiaridad habia  comezado a tejerse en medio del contratiempo. De repente, los autos adelante comenzaron a moverse y el nudo se desató.  Nadie supo que pasó. Cada uno tomó su auto y arrancó  Cada uno volvió a sus metas y horarios. Nadie sabía si esa rara comunidad volvería a encontrarse alguna vez.

-Por favor. Diganme sus nombres y celulares. Tal vez volvamos a encontrarnos y podamos agradecerles la solidaridad. 

A la distancia me veo como la Mirta Legrand saludando la mesa del almuerzo de los domimgos, y agradeciendo la presencia de sus invitados.

-Me llamo José Luis y voy a vvir a Buenos Aires – dijo el mecánico al paso.

-Me llamo Sacha. Soy de París -confrmó la joven nuera de Jose Luis que viajaba con su novio y cuñado.  

-Soy Ariel, de Villa Regina -se sumó el que ofreció acompañarnos con su auto

– Me llamo Cecilia y este es mi hijo Airton – acotó la esposa de Ariel

-Soy …  Trabajo en Cemic y mi esposa en el Francés de Ciudad de Buenos Aires- agregó el enfermero 

-Me llamo Jan – le dijo el remisero del Nissan impecable a Reynaldo que se habia sumado a la ronda de agradecimientos.

Cada uno de nuestros auxiliadores cobró humanidad propia y habian ido dejando de ser extraños, como en el cuento de Cortázar.  Personas que no se conocían habían actuado en un equipo articulado. De algún modo se sonreían contentos  con la autosatisfación de haber ayudado a alguien en apuros. Los abuelitos?

-Ustedes ahora,tienen que festejar dos fechas de cumpleañios. Esta segunda, los dos juntos, el 4 de enero. Volvierom a nacer – dijo alguien.

Cada uno subió a su auto y partió con rumbos desconocidos. Volvíamos a nuestros mundos extraños. En medio de nuestra desgracia, auto roto y vacaciones acortadas, como a la lecherita del cuento, los sueños truncos, tuve una sensación de profunda satisfacción. La reserva de humanidad en esta gente había vencido a un estado ausente. 

Ya en Cinco Saltos nos paró la policía viendo nuestro parabrisas rotos, nuestra marcha en caravana con baliza y a 40 km por hora. 

-Ustedes son los del accidente? 

-Sí -contesté un tanto escéptica.

– No fuimos porque era otra jurisdicción. Me dan sus datos? 

Ahora para qué? – me pregunté.

-Envíen a los bomberos a limpiar la ruta y registren el siniestro – alcancé a decirles por si la estadística lograba llamar la atención y se disponía la reparación de la ruta nacional luego de una Vialidad sin presupuesto y desarmada.

Ya en Neuquén Andrea nos convenció: habia que ir a a hacernos una revisación para comprobar nuestro estado de salud.  Fuimos all Bouquet Roldán, hospital público,  donde sus trabajadores nos atendieron con seriedad y  profesionalismo, gratuitamente.  Al fin un reducto público que no fue dinamitado por dentro, pensé. Un cartel en el pasillo nos devolvió al presente y tal vez explicaba qué actores hacían que esta institución aun conservara ese compromiso con lo social

TU SALUD Y LA DE TU FAMILIA ESTÁN EN RIESGO

MEDICOS EN LUCHA

INVOLUCRATE

No había pensado que por la falta de mantenimiento de las rutas nacionales, nuestra salud también lo está. Recorriendo las redes días posteriores comprobamos que existen denuncias de más de 2 años reclamando por los accidentes en la ruta 151 en el tramo que nos accidentamos y promesas de reparación que no se realizaron hasta hoy. 

Neuquén, 6 de enero 2025

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Acerca de Laura Marrone

Licenciada en Ciencias de la Educación (UBA) Trayectoria laboral: Profesora de Enseñanza Superior (2012-2018) Maestra (1984-2012) Cajera de venta de hamburguesas (París 1981-1983) Mucama de hotel (París 1981) Empleada en fábrica metalúrgica (Madrid 1979-1981) Bibliotecaria (1971-1976) Trayectoria política Fue Secretaria de Asuntos Pedagógicos de Ademys (2010-2013) Vicepresidente de UMP-CTERA (1985-1989) Exiliada política por estado de sitio (1979-1983) Militó en la Liga Socialista de los Trabajadores de Francia y en el movimiento de los inmigrantes sin papeles de París Militó en Comisiones Obreras de España, en la rama metalúrgica en Getafe, España. Fue expulsada de España durante el Tejerazo. (1981) Presa política de la dictadura (1976-1979) Delegada de nivel superior en la UEPC-CTERA- Córdoba (1973-1976) Delegada estudiantil en la Facultad de arquitectura (1971-1973) Ingresó a la corriente morenista a la cual perteneció hasta la actualidad 1971-2018 en sus diferentes organizaciones. PRT-La Verdad (1971-1972, PST (1972-1983), MAS,(1983-2004) Izquierda Socialista (2011 y sigue). Militante del movimiento tercer mundista del catolicismo en Córdoba (1969-1971) Escribió libros de texto para el nivel primario y secundario para Estudios Sociales y Formación Ciudadana. 2022 Autora del libro Memorias de las luchas por la educación (1943-1976) publicado por editorial CeHuS Artículos sobre política educativa.

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